Encuestas Sociales para Contextos Diversos
viernes 25 de septiembre de 2026
Una pregunta aparentemente simple:
“¿Trabajó usted la semana pasada?”
La respuesta depende de qué entienda cada persona por “trabajar”, y de cuánto trabajo le parezca suficiente para decir que sí:
Dos personas con la misma semana pueden responder “sí” y “no”, y ninguna está mintiendo.
Así abre la secuencia con que la Casen clasifica a los ocupados:
“La semana pasada, ¿trabajó al menos una hora, sin considerar los quehaceres del hogar?”
Cuestionario Casen 2024, módulo Trabajo, pregunta o1.
Cada cláusula es una decisión de medición:
La respuesta rara vez está guardada en la cabeza del respondente esperando ser recogida. En mayor o menor grado según la pregunta, se construye en el momento, con la pregunta como materia prima.
Las semanas 3 a 5 resolvieron a quién le preguntamos: la columna de representación del TSE. Desde hoy entramos en la de medición, qué pasa cuando preguntamos, por dos trayectos y en este orden:
Los modelos que sistematiza Groves distinguen cuatro grupos de procesos, más uno que ocurre antes de la entrevista:

Recorreremos cada etapa: qué hace el respondente en ella, y después qué sale mal.
Usaremos el mismo ítem que usa Groves, de la encuesta estadounidense de consumo de drogas (NSDUH):
“Ahora piense en los últimos 12 meses, desde [FECHA] hasta hoy. Queremos saber cuántos días usó algún tranquilizante recetado que no le hubieran recetado a usted, o que haya tomado solo por la experiencia o la sensación que produce.”
Exige las cuatro cosas a la vez: entender una definición larga, recordar episodios poco memorables, construir un número y decidir cuánto declarar sobre una conducta estigmatizada.
Dos advertencias: las etapas no son una secuencia rígida, y los respondentes con frecuencia se saltan alguna o la ejecutan a medias (satisficing).
Qué hace el respondente: prestar atención a la pregunta y a sus instrucciones, asignarle un significado y deducir qué información se le está pidiendo.
En el ítem del ejemplo tiene que resolver, entre otras cosas:
En modos autoadministrados se agrega una tarea más: interpretar la navegación, es decir, qué pregunta viene después y qué hacer con las instrucciones.
Qué hace el respondente: traer desde la memoria de largo plazo la información relevante, a partir de las pistas que le da la propia pregunta.
Las pistas están escritas en el enunciado, aunque no lo parezca:
Por eso una pregunta bien escrita no solo es clara: también está diseñada para gatillar el recuerdo correcto.
Qué hace el respondente: combinar y completar lo que recuperó. Casi nadie tiene la cifra lista, así que hay que construirla.
Groves muestra tres respondentes que llegan a tres respuestas por caminos distintos:
En preguntas de actitud la tarea es equivalente: formar una valoración con las consideraciones que la pregunta trajo a la mente.
Qué hace el respondente: seleccionar y comunicar la respuesta. Dos tareas distintas se esconden ahí:
En el ítem del ejemplo, la segunda tarea pesa: se trata de una conducta estigmatizada y hay alguien escuchando.
Hay un quinto proceso, y ocurre antes de la encuesta: la codificación, es decir, la formación del recuerdo cuando la persona vive el evento.
Vivir algo no implica registrarlo. Un estudio clásico comparó reportes de alimentación en encuesta contra diarios detallados de los mismos respondentes: la coincidencia era tan pobre que el autor concluyó que los reportes eran, en buena parte, conjeturas sobre lo que probablemente comieron.
Ninguna pregunta, por bien escrita que esté, puede extraer información que nunca se codificó. Cuando el diseño sospecha que ese es el caso, la solución no es mejor redacción: es otro instrumento, como un diario, un registro que el hogar ya lleve o una medición directa.
El diseñador no controla la codificación, pero sí puede diseñar a favor de ella: preguntar en los términos en que la gente realmente vivió y nombró la experiencia.
Pedirle a respondentes que expliquen qué entendieron por los términos de preguntas reales revela interpretaciones distintas incluso para palabras cotidianas.
Y casi nadie pide aclaración: en estudios sobre un tema inventado, hasta un 40% igual dio su opinión (Bishop, Oldendick y Tuchfarber, 1986).
El hallazgo más robusto de más de un siglo de investigación sobre memoria: el olvido crece con el tiempo transcurrido, rápido al principio y más lento después.
El olvido por paso del tiempo no es la única falla:
Las tres empujan en direcciones distintas, y ninguna es un error del respondente: son propiedades de cómo funciona la memoria.
Los eventos no solo se olvidan: también se corren en el tiempo. Típicamente hacia el presente, de modo que se reportan eventos ocurridos antes del período preguntado.
En el estudio clásico del tema, cerca del 40% de los trabajos de reparación del hogar reportados estaban mal reportados por telescoping.
Neter y Waksberg (1964), que variaron a la vez el largo del período de referencia (1, 3 o 6 meses) y si la entrevista estaba anclada a la anterior.
Como el telescoping agrega eventos y el olvido los quita, el sesgo neto de una pregunta depende de cuál de los dos domine: no es predecible solo mirando la redacción.
En encuestas panel existe un procedimiento específico, que en inglés se llama bounding:
Antes de preguntar por el período nuevo, el entrevistador le lee al respondente el resumen de lo que declaró en la ronda anterior. Solo se cuentan los eventos posteriores a esa entrevista.
La ronda anterior funciona como un piso: el respondente reconoce lo que ya contó y no vuelve a contarlo.
Es el procedimiento estándar de la encuesta de victimización estadounidense (NCVS), que entrevista a los mismos hogares cada seis meses. Su costo es evidente: requiere un panel, así que no está disponible para una encuesta transversal.
Ante “¿cuántas veces…?”, casi nadie tiene una cuenta llevada. Las tres estrategias que vimos fallan de manera distinta:
Regla de lectura para el proyecto: ante una distribución de frecuencias reportadas, pregúntense qué estrategia de estimación indujo la pregunta. Es una hipótesis, no un diagnóstico: cuantificarla exige la evidencia de la próxima clase.
Podría pensarse que las actitudes son distintas, pero el proceso es análogo:
La mayoría de las personas no tiene opiniones preformadas esperando ser recuperadas. Construyen el juicio en el momento, con las consideraciones que la pregunta y el contexto les traen a la mente.
Algunos tienen una posición clara (quien sigue el mercado financiero responderá sin esfuerzo una pregunta sobre la economía del próximo año). La mayoría tiene una impresión vaga, o arma la respuesta en ese instante, sea desde valores generales o desde creencias específicas.
Dos preguntas de los años cincuenta sobre la guerra de Corea:
“¿Cree que Estados Unidos cometió un error al decidir defender Corea, o no?” (Gallup)
“¿Cree que Estados Unidos hizo bien o mal en enviar tropas para detener la invasión comunista de Corea del Sur?” (NORC)
La segunda mostró más apoyo. En experimentos posteriores, agregar “para detener una toma comunista” subió el apoyo en torno a 15 puntos (Schuman y Presser, 1981).
El contexto también mueve: una pregunta de felicidad general se responde distinto si viene después de una sobre la satisfacción con la pareja.
Por eso, comparar en el tiempo requiere preguntar igual, y leer una cifra de opinión requiere leer la pregunta textual y las que la acompañan.
Con temas sensibles (consumo de sustancias, ingresos, conductas estigmatizadas) el respondente ajusta la respuesta o calla.
La táctica que la evidencia señala como más efectiva no es la redacción: es reducir la presencia del entrevistador. La autoadministración tiende a mejorar el reporte de lo sensible. Con matices, porque el modo óptimo varía según tema y contexto, y autoadministrar tiene sus propios costos. Es un resultado sobre modos, y lo desarrollaremos en la Unidad 4.
De los problemas anteriores se derivan los criterios. Para preguntas conductuales y de hechos no sensibles:
Nótese que casi todos son decisiones de diseño del instrumento, no de redacción de la frase.
Un ejemplo chileno de esta lógica aplicada.
La ENUT no pregunta por una semana genérica. Le asigna a cada persona dos días de referencia concretos, uno de semana y uno de fin de semana.
Y antes de medir el uso del tiempo, contextualiza cada día con el respondente para activar el recuerdo:
Anclas de recuerdo primero; medición después.
Al problema de memoria se le suma el reporte motivado, y por eso varios criterios apuntan a ambos a la vez:
Una advertencia: la redacción “comprensiva”, que da razones válidas para la conducta, ayuda menos de lo que se cree. Reduce el sesgo, pero no lo elimina.
Aquí el problema es el juicio construido en el momento:
Los criterios chocan entre sí: especificar bien el objeto puede volver la pregunta compleja, y el punto medio le da salida honesta al ambivalente y también al que no quiere pensar. Dejan la pregunta lista para probarse, no lista para aplicarse. Ese es el tema de la próxima clase.
Cambiemos de asiento: del respondente al equipo que diseña. Su tarea no es responder una pregunta, sino representar un concepto con preguntas.

Antes del primer eslabón están los objetivos y el plan de análisis: qué se quiere saber y qué se hará con el dato.
Cada eslabón de esa cadena es una decisión discutible, y en ella se juega la validez de la medición que definimos en la semana 2.
Si los indicadores no representan bien el concepto, se termina midiendo con precisión otra cosa.
La validez no se “ve” en la cadena: se evalúa después, con evidencia. Pero cada eslabón mal resuelto la compromete de antemano, y además le impone tareas cognitivas al respondente:
Asún describe la misma cadena como una traducción: del lenguaje teórico del investigador al habla en que las personas pueden expresar el concepto.
La primera decisión es si la traducción es necesaria:
El caso que usa Asún: el Informe de Desarrollo Humano del PNUD (2002) midió la individuación con tres dimensiones:
Cada dimensión se resolvió en preguntas concretas y el conjunto se combinó en un índice. Una de la primera dimensión:
“¿Está dispuesto a seguir adelante con una idea aunque vaya en contra de la opinión de sus padres?”
Preguntar también produce. Plantearle grados de satisfacción a quien nunca se lo había preguntado no recoge una opinión: la cristaliza en ese momento. Por eso un cuestionario «produce información», no solo la recoge.
Toda operacionalización distorsiona. Implica, en palabras de Asún, «un grado de distorsión o mutilación del sentido teórico» del concepto. Nunca se mide el concepto completo, solo mejores o peores interpretaciones empíricas de él.
Escribir una pregunta desde cero es solo una de tres estrategias, y no la primera que se considera:
La letra chica: una escala validada en un contexto no queda validada para siempre ni para todas partes, y el reúso por comparabilidad puede perpetuar una medición deficiente. Mantener la serie tiene valor, pero no convierte en buena una pregunta mala.
Abierta: evita el efecto de las categorías ofrecidas y conserva más información, pero exige codificación posterior, con su trabajo, sus criterios y su error de procesamiento.
Cerrada: estandariza y abarata el análisis, pero cuando usa categorías pierde información y esas categorías influyen en la respuesta.
Para las cerradas, tres requisitos: categorías exhaustivas, excluyentes, y decisiones explícitas sobre “no sabe” y rechazo.
Que “no sabe” y el rechazo existan como registro es una obligación ética, porque nadie está obligado a responder, y también de calidad, porque forzar una respuesta que no existe fabrica datos.
¿Por qué sobreviven entonces las baterías acuerdo/desacuerdo, si el formato está desaconsejado? Porque una sola escala sirve para veinte afirmaciones. El precio es aquiescencia y menor validez.
Un ítem basta para atributos concretos y acotados: edad, tenencia de un bien, haber realizado una conducta específica.
Varios ítems se justifican para constructos latentes (actitudes, bienestar subjetivo, síntomas), donde ningún ítem individual captura el concepto y el conjunto reduce el error de cada uno.
El argumento clásico: cada fraseo específico sesga la respuesta en alguna dirección, y con varios ítems bien elegidos esos sesgos tienden a compensarse en el puntaje conjunto.
Ojo: más ítems no es automáticamente mejor medición. Es mejor solo si cada ítem aporta información del mismo constructo.
Se usan como sinónimos, pero no lo son. Ambos combinan varias respuestas en un puntaje; la diferencia está en qué respalda esa combinación.
Índice: el investigador decide qué componentes entran y cuánto pesa cada uno, y lo justifica con un argumento teórico. El IPM de pobreza multidimensional es un índice: sus carencias y ponderaciones son una decisión fundamentada, no el resultado de probar ítems.
Escala: además de la fórmula, sigue un procedimiento establecido que pone a prueba los ítems: se redactan muchos, se aplican, y se eliminan los que no se comportan como medidas del mismo constructo. La sumativa de Likert es el ejemplo clásico.
Toda escala es un índice, pero no todo índice es una escala: lo que las separa es si los ítems pasaron por una prueba empírica de depuración.

En el reflectivo, la consistencia entre ítems (el alfa que verán reportado) es evidencia de confiabilidad. En el formativo no: las carencias del IPM pueden no correlacionar entre sí, y el índice no vale menos por eso.
La Entrega 1 del proyecto vence hoy, viernes 25 de septiembre.
Las lecturas de la semana están en la página del curso.
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